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El marketing actual impone una cruel realidad. La eficacia se impone sobre acciones waypreciosistas. El mundo actual requiere alcanzar la línea de meta y quienes no llegan o llegan justos desaparecen. Una crisis, vista desde la distancia, es una criba donde sólo resisten los más fuertes, los más adaptables y los más “afortunados”. El mercado ha cambiado ¿qué nos hace pensar que los modelos de negocio no deban hacerlo?

Volviendo a la comunicación, y sumergiéndonos en una parte importante de su base profesional, nos encontramos con los departamentos de comunicación. En ellos siempre ha jugado un papel importante el poder de los directivos u otros departamentos sobre los responsables de comunicar. De ahí surge una dicotomía que nos acompaña aún en nuestros días de regresión económica (y, por lo que se ve, social). La dualidad en cuestión consiste en la visión y objetivos que la comunicación debe aportar a una empresa. Parece ser que mientras los directivos buscan monetizar sus acciones comunicativas los comunicadores se decantan más por  otros temas como la visibilidad, la interacción y demás. En este sentido se mueven, hoy día, las principales acciones corporativas en redes sociales. Tal vez el ejemplo más claro de esta división de opiniones y objetivos. Un vaivén de objetivos e ideas, y una lucha de ideas dentro de las propias organizaciones que no favorecen en nada la existencia de una estrategia real en el terreno de la comunicación corporativa.

Se puede llegar a una entente. La realidad es que el branding no siempre da de comer. Nuestra actualidad nos marca un escenario mucho más espartano: las empresas necesitan ingresos para sobrevivir a la que cae. Con esto no digo que el branding, la visibilidad y todo lo demás no sea útil, simplemente no es suficiente. La comunicación vende, pero no cobra. Tal vez debamos vender con más claridad. Llegar un paso más lejos para que sea más fácil que exista una entrada de ingresos.

Más allá de empresas mastodónticas con ingresos estratosféricos, los departamentos de comunicación seguirán existiendo si son capaces de favorecer a quienes les alimentan. Y sumidos en este tira y afloja entre comunicadores y directivos surge otra pregunta ¿Qué desea realmente el cliente? Calidad, precio, buen servicio, “colegueo”, reconocimiento, información, amor verdadero e incondicional… En plena lucha de visiones y misiones entre directivos y comunicólogos se corre el riesgo de que la principal víctima sea el cliente.

Una solución posible es focalizar nuestra comunicación externa hacia el cliente, y buena parte de la interna también. Para ello se requiere la total implicación entre el departamento de ventas y el departamento de comunicación, y viceversa. Toda nuestra comunicación debe tener objetivos claros y definidos. De los labios de nuestra empresa no puede salir palabra alguna que pueda considerarse superflua e innecesaria para nuestros interlocutores. Todo debe tener un fin, y para alcanzarlo hay muchos caminos posibles. El problema principal: ¿conocemos el nuestro?